El estrés no solo se nota en la cabeza.
Se cuela en el cuerpo, en el descanso… y muy especialmente en la forma en la que comemos.
Cuando estamos agotadas física o mentalmente, el cuerpo busca soluciones rápidas: más azúcar, más picoteo, menos pausa. No porque falte fuerza de voluntad, sino porque el sistema nervioso está en modo supervivencia.
En esos momentos no comemos por hambre real, sino para calmar tensión, desconectar o simplemente seguir funcionando un poco más.
¿Por qué el estrés nos hace comer peor?
Aumenta el cortisol, una hormona que favorece el apetito y la búsqueda de energía rápida.
Reduce la capacidad de parar y escucharnos.
Nos empuja a comer rápido, sin registrar señales de saciedad.
Todo esto ocurre incluso cuando “sabemos” cómo deberíamos comer. El problema no es la información, es el estado en el que estamos.
Empezar por bajar revoluciones
Antes de cambiar la alimentación, muchas veces es necesario bajar el nivel de activación.
Respirar mejor, soltar tensión corporal y darle al cuerpo señales de seguridad.
Por eso he preparado una Guía gratuita de Relajación y Bienestar, con ejercicios sencillos y aplicables al día a día, que ya está disponible en el canal de Telegram @DietaEquilibrada.
Es un espacio tranquilo, sin ruido, donde voy compartiendo recursos prácticos para cuidar la relación con la comida y el cuerpo, sin extremos.
Accede al canal de Telegram: @DietaEquilibrada
Nuevo episodio del podcast disponible
Si quieres profundizar más en esta relación entre estrés y alimentación, puedes escuchar el Episodio 4 del podcast Dieta Equilibrada:
“Estrés y alimentación: por qué comes más cuando estás agotada”
En él explico qué ocurre en el cuerpo cuando vivimos en tensión constante y cómo empezar a romper ese ciclo desde un enfoque realista y amable.
Cuidarse también es aprender a parar.
Y ese puede ser un buen primer paso.